Un delirio en honor a la Patria y a su gente olvidada. Por CucurtoQuerido general San Martín, doscientos años después te escribo encerrado en una pieza del barrio de Constitución, te escribo como si fueras un hermano que no conozco. Te escribo desde mi condición de escritor cumbiantero contemporáneo que no acepta la historia como se la contaron otros. Desde mi corazón de admirador y enamorado tuyo, ahora que te descubrí doscientos años después, desde un rincón del Río de la Plata que supo ser terreno de todas tus hazañas y amoríos tales. Hoy sos “el faro, el guía, el Libertador y prócer de América”, en los libros de historia y en la boca de los políticos revolucionarios de izquierda. Yo te quiero como el hombre sencillo que fuiste y que ocultó su imagen de luchador de grandes gestas.
Te quiero como un muchacho porteño más, que bardeó todo lo que pudo, que “políticamente fue el más incorrecto y romántico de los héroes de la América mestiza”. Poco me importa tu cruce de la Cordillera (hoy es un trámite intrascendente y lo hago en dos horas por Lan Chile), o tu encuentro en Guayaquil con ese otro maricón que es Bolívar y como lo seré siempre yo; ni un pelo me mueven. Me mueven, me sensorizan tus aventuras con negras y negros esclavos del Africa, con mujeres casadas; que te hayas atrevido a liberar 1.600 esclavos en medio del Océano y en las narices del Rey de la Corona. Me conmueve que hayas sido el padre del verdadero héroe negro de la Revolución de Mayo y de nuestra historia argentina, negado por las plumas de historiadores blancos, que no podían aceptar el liderazgo de la negritud en nuestra historia. Me conmueve, oh dulce amado mío, tu “libertinaje a la hora de vivir”, y por eso sos para mí Mi Libertador, Mi Dulce Hermano de Gran Pija Mestiza Saboreada por Hombres y Mujeres de Todas las Etnias. Oh, hermano, me importan un pito tus laureles, Libertadorcito de Argentina, Chile y Perú, te recuerdo como la primera vez que te vi en un cuadro del colegio, al lado de un cuadro de Perón, los dos montados en caballos blancos.
Querido San Martín, ahora que me hallo, doscientos años después, enamorado de vos, mucho más allá y más alto que las cordilleras de Chile e incluso todo el cielo de Chile (que es un blef), te quiero decir, ya para concluir esta carta carmesí de niña enamorada atemporal, que la revolución sigue en pie. Y sobre todo sigue en mí, nuevo Libertador de América, de la música y del lenguaje. Sigue en mí a través de ti, que has reencarnado dulcemente en mi espíritu. Yo sé muy dentro de mí que si vivieras en esta época serías cucurtiano. Por ahora te traigo a la realidad a través del velo mágico y comercial de la empresa editorial argentina, el libro. Para todos los mequetrefes, sotretas y zoquetes que no saben un pito de historia ni te aceptan por puto, ni menos que hayas puesto el cuerpo en la Revolución de Mayo (esto no consta ni en un libro de historia de todos esos libros blanquecinos que se dedican a derribar los mitos). Los intelectuales referencistas de nuestro pasado, los grandes escritores de best sellers, te niegan rotundamente. Se ciegan a la liberación política y sexual que significó tu vida y tu lucha. Contra ellos es este libro.Y también contra la ignorancia existente en torno a ti, tanto la del agreste maestro rural con barba guevariana o la del presidente de la República Bolivariana de Venezuela, señor Hugo Chávez Frías (le he escuchado decir auténticas bestialidades acerca de vos).
Por último, me despido con una sonrisa de tránsfuga, picardías de putañero que descubrió su hombre; te mando un beso con saliva de guitarrero infame de zambas berretas, de gavilán de tierras malas.
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